“¡Pero qué tiempo!”,
fue el primer comentario que hice al cerrar la puerta del auto, camino a la
escuela. Arrancar el lunes ya es difícil, y más si encima llueve y hay que
lidiar con mochilas mojadas, paraguas, pilotos y una cuota extra de humedad.
Y al terminar de decirlo, me
encontré con la mirada censuradora de mi marido. “Llueve un poco”, me dijo, “nada
demasiado grave para que andes quejándote así”.
Y sí… pensándolo bien, tiene
razón.
Parecería ser que si uno
empieza a quejarse, después es muy difícil dejar de hacerlo. Y no sólo eso,
además de ser insoportable, la queja tiene un defecto muchísimo peor... es
sumamente contagiosa.
Y a eso es a lo que apuntaba él, supongo. Mientras yo despotrico contra el clima (contra los precios,
contra el paro de subtes, contra una nueva arruga en la frente…) allí están
ellas, mis hijas, observándolo todo en silencio.
Y si de dar ejemplos se
trata, quisiera que esto de resoplar por tantas cosas, no lo aprendieran. Porque
como dije antes, la queja es de lo más contagiosa y nadie inventó todavía
ninguna vacuna para evitarla.
“¡¿Pero será posible!?,
tantos descubrimientos y todavía no hay cura para la queja… ¡Así no se puede
vivir!”.
(Y uds... ¿Son de quejarse seguido? ¿Se cuidan de no hacerlo frente a ellos?)





