29 de agosto de 2011

"MALA PRENSA"


                                                                                                         Jaime Espinar

Estamos en la clase de patín con mis hijas, y mientras esperamos a que llegue la profesora, me deleito con una nena que no debe tener más de cuatro años. Me llama la atención, no sólo por lo bien que patina, sino por la enorme sonrisa que tiene dibujada en la cara.

A pesar de las caídas, ella se levanta como si tal cosa, y siempre sonriendo se lanza de nuevo a intentarlo.

Me gusta tanto su actitud, que se lo pongo de ejemplo a mis hijas. Ojalá ellas también pudieran divertirse y relajarse siempre, reírse de sí mismas en todo momento.

La madre está sentada al lado nuestro, y aprovecho la cercanía para felicitarla. “Qué linda… Se nota que le gusta”, le comento. “Se la ve siempre tan contenta”.

Y para mi sorpresa, me contesta muerta de la risa. “Parece una santa, tiene cara de buenita pero en realidad es terrible. Así como la ves, toda sonrisitas, es Chuky”, me dice en clara referencia al muñeco maldito de la película.

Fin de la conversación…  

¡Ay, qué poco me gustan los comentarios negativos hacia los hijos! Y más cuando provienen de un perfecto extraño.

¿Quién no se quejó alguna vez de los suyos?, dirán. Sí, ya lo sé…

Pero seamos sinceros: una cosa es andar en plan de confesiones con una amiga y otra muy distinta es hacerle tan mala prensa con el primer desconocido que se nos cruza por el camino.

Por suerte los hijos no se limitan a ser como los vemos los padres, pienso para mis adentros, mientras me dejo seguir encandilando por esta miniatura sobre ruedas.

(Y a ustedes... ¿Cómo les cae escuchar comentarios negativos acerca de los hijos?)

24 de agosto de 2011

"PIOJOS Y PIOJITOS"


                                                                           Leticia Gotlibowski

De nuevo no la dejaron entrar a la pileta. La veo bajar del micro con una carita…
“Tenía cuatro liendres, de las blancas”, me dice la directora. “Pero si son las que están muertas, y además usa el gorro”… “La doctora de este lugar es muy exigente”, me contesta.
Mi hija me mira con una expresión que ya no logro descifrar. No sé si es complicidad o fastidio. Estuvimos hasta altas horas de la noche sacando y sacando. Con velador, con lupa, con mis lentes de lectura y con la poca paciencia que una nena de ocho años y una madre cansada pueden tener. Y quedaron cuatro…
 “Deben ser las que se durmieron después de la fiesta que se dieron todas en tu flequillo”, le digo guiñándole el ojo… pero ella no se ríe. Y no. ¿De qué se va a reír? Ya ni ganas de ir a la pileta tiene la pobre, y con lo que le gusta nadar.
Probamos de todo. Al igual que ustedes, supongo. Ya probamos todos los productos comerciales y los no tan comerciales. Hasta un peine fino eléctrico tengo, que me hice traer de España, después de leer en un foro que era infalible. No, no es infalible. Contra estos pequeños delincuentes parece que no hay nada infalible hoy en día.
Hay que seguir sacando, como antes. Al sol, uno por uno, como hacían nuestras mamás con nosotras. Y en esta artesanal tarea uno falla. Porque el trabajo artesanal es así. Es único y no es perfecto. Y ayer sin darme cuenta, me quedaron cuatro...
(Y ustedes...  ¿Con qué armas luchan contra el enemigo?)

19 de agosto de 2011

"ELLAS LO LOGRAN"

                                                                                                                                         Mirita

Ellas creen en mí, como a veces ni yo misma soy capaz de hacerlo.

Ellas me alientan, me animan.

Ellas festejan cada logro mío, aunque sólo se trate de haber hecho un bizcochuelo.

Ellas me observan, me copian, me imitan.

Ellas logran sacar lo mejor y lo peor de mí, por partes iguales.

Ellas son ocurrentes, disparatadas, ingeniosas.

Ellas me agotan y al instante, me llenan de energía.

Ellas me preguntan y también me enseñan.

Ellas tienen tantas cosas parecidas a mí, y tantas tan diferentes.

Ellas a veces son tan grandes, y otras tan chiquitas.

Ellas tienen el poder de rescatar a la niña que fui, y eso me llena de alegría.

(Y a ustedes... ¿Qué sensaciones y sentimientos logran sacarles sus hijos?)

                    
                     






15 de agosto de 2011

"DE MEMORIA"

                                                                                         Xi Pan

Hay millones de cosas que no logramos recordar, pero el peso con el que nacieron nuestros hijos no se borrará jamás de nuestra cabeza. El peso y tantas otras cosas…

Cuánto midieron, la hora exacta en que vinieron a este mundo… Y a medida que va pasando el tiempo y crecen, son cada vez más los datos que mecánicamente acumulamos sin siquiera proponérnoslo…

Enfermedades, vacunas, edad en que gatearon, hablaron y caminaron. Cuándo dejaron los pañales, el chupete y la teta. A qué edad hicieron su primer dibujo, cuántos días duró la adaptación en el jardín. De qué se disfrazaron en el primer acto escolar, qué les regalamos en cada uno de sus cumpleaños, día del niño y reyes. Cómo se llamaron todas sus maestras. Cuántas veces les tocó ir a la bandera…

Las madres tenemos una facilidad innata para recordar datos dificilísimos.

Y sí… sólo nosotras somos capaces de recordar todas estas cosas con tanta precisión y lujo de detalles, con tanta dedicación, con tanto esmero… como si fuera parte de nuestra condición. Como si se tratara de una cláusula fundamental y obligatoria de un  contrato que firmamos cuando decidimos tener hijos.

Y si no recordáramos todas estas cosas, es poco probable que hubiéramos podido ir por la vida entablando conversación  con cuanta madre se nos cruzara por el camino.

No hubiéramos podido hablar más de dos palabras entre nosotras si no contáramos con el don de recordar absolutamente todo.

Porque si hay algo que a las madres nos encanta hacer, es hablar de ellos (los hijos). Bien sabemos que podemos estar horas intercambiando experiencias.

Y para eso, es fundamental contar con una fuente confiable, nuestra cabeza… que no recuerda dónde es que dejamos la llave hoy a la mañana, pero sabe el día, hora y minuto en  que dijeron por primera vez “mamá”.

(Y ustedes… ¿Son de recordar todo o "casi" todo?)

10 de agosto de 2011

"PIROPOS PARA EL ALMA"

                                                                                            María Angeles Aznar

Ellos nos miran y admiran. Nos ven hermosas, divertidas, poderosas…nos ven como super mujeres

No hablo de los hombres...

Hablo de nuestros hijos, que desde chiquitos nos observan embelesados y hacen que nos sintamos las dueñas del mundo, capaces de ganar cualquier concurso de belleza.

La verdad es que debo reconocer que los mejores piropos que recibí en mi vida, salieron de boca de mis hijas.

Y en el arte de elogiarme, se destaca especialmente mi hija mayor, que sabe dar en la tecla.  Que sabe decirme esas palabras, que sin saberlo, estoy necesitando escuchar.

Tan chiquita y tan acertada… 

“A vos todo te queda lindo, má…”, escucho como al pasar cuando me descubre en duda frente al espejo.

“Qué lindo te quedó el pelo” me suelta,  cuando recién llegada de la peluquería, noto que nadie más ha reparado en el cambio.

“Mami… ¡estás preciosa!”, me despide antes de partir a un casamiento, mientras intento mantener el equilibrio sobre un par de tacos.

Sí, mi hija mayor es especialista en repetirme frases que hacen que me sienta no sólo la más hermosa… sino que además, tienen el poder de llenarme de ternura y de elevarme de felicidad hasta el cielo.

(Y ustedes… ¿Reciben piropos de sus hijos?  ¿Recuerdan alguna frase linda dicha por ellos?)







5 de agosto de 2011

"ACOMPAÑANDO"

                                                                                                                           Caitriona Sweeney

Cuando mis hijas  todavía eran  muy chiquitas me daba miedo perderme algo importante...

Me daba pánico que justo en ese instante en que yo no estuviera, a ellas se les diera por decir su primera palabra o largarse a caminar.

No quería perderme detalle de lo que hacían por miedo a no ver “esa sonrisa”, “esa carita”, “ese pucherito” únicos.

Mi mamá intentaba tranquilizarme diciéndome que cuando crecieran eso se me pasaría, y a mí sin embargo me costaba creerle. 

¿Es que acaso llega un momento en que las cosas que hacen tus hijos dejan de interesarte? Y me respondía solita que no, que eso era sencillamente imposible.

Pero con el tiempo terminé dándole la razón. Y no es que se trate de falta de interés, no es eso. Sigue estando, pero es algo más calmo, más relajado.

Porque los hijos crecen y se van transformando, pero los cambios y los progresos se vuelven más sutiles.

Empiezan a tener  costumbres, gestos, personalidades, gustos, escuela, amigos, secretos, programas, salidas… cosas que les pertenecen solo a ellos.

Es el momento entonces, de volvernos lo suficientemente inteligentes y generosos como para no entrometernos ni invadirlos.

Es el momento de seguir “estando”,  pero de otra forma… acompañándolos, alentándolos, escuchándolos.

Es el momento también, de aceptar que probablemente esto no nos vaya a resultar sencillo, pero que se merecen que trabajemos para lograrlo.

(Y ustedes… ¿Cómo viven el crecimiento de sus hijos?)





1 de agosto de 2011

"ÚLTIMO DÍA"

                                                                                                    Cristina Weisser

Ayer aprovechamos el último día de vacaciones para salir a pasear. Mis hijas caminaban juntas, unos pasos delante mío, disfrutando el mediodía de frío y de sol.

No tengo idea de qué hablaban, pero supongo que era algo de lo más divertido, porque yo desde atrás podía oír sus risas.

Y al llegar a la esquina, una señora aprovechó un momento de silencio de ellas para hablarles…  “Último día de vacaciones, ¿no?”, les dijo. “Mañana de nuevo a levantarse temprano y a estudiar”. “¡Mañana otra vez a la escuela!”…

Ellas sólo la miraron, y yo,  un poco malpensada,  esperé a verle la cara para juzgarla. Fue entonces que cruzamos miradas y terminé de corroborar que su intención no era del todo buena.

Parecía estar ahí con el propósito de recordarles, de remarcarles, que sólo les quedaban unas cuantas horas de ocio por delante.
No fuera a ser que se les olvidara el asunto y pudieran disfrutar del domingo.

No fuera a ser que por un instante ellas lograran dejar de pensar en  que mañana habría que volver a despertarse a las siete, desayunar a las apuradas, y hacer tarea.

Lamento enormemente que esta señora no encontrara complicidad de mi parte, porque parecía esperarla.

Lamento que no oyera de mí, una infinidad de palabras de alivio por el comienzo de clases, y una queja interminable por tantos pero tantos días compartidos con mis hijas.

Tal vez más adelante tuviera suerte, pensé, cuando ya la veía alejarse…

Tal vez más adelante diera con algún niño que sí hiciera un puchero al tomar conciencia de su "último día".

Tal vez fuese tan afortunada, que se encontrara con alguna madre dispuesta a contarle las "penurias" de estas últimas dos semanas…

(Y ustedes... ¿Son de las que esperan ansiosas el comienzo de las clases?))

© madre in argentina
MAIRA G. + ESTUDIO BULUBÚ