Florian
El día que me enteré que la mejor amiga de mi hija menor se cambiaba de escuela llegué a mi casa con un nudo en la garganta, pensando de qué manera se lo iba a decir.
Era su mejor amiga desde salita de dos. Era la “hermana” que eligió mientras crecían.
“La maestra ya no sabe qué hacer para que dejen de hablar” me decía su mamá entre risas. Y qué importaba, si estaban juntas para soportar algún reto, si se cuidaban todo el tiempo.
A los cinco ya planeaban cómo iba a ser la casa dónde iban a vivir cuando terminaran la escuela.
Mi marido me aconsejaba calma. Intuía que ella se lo tomaría mejor que yo.
Y así fue… Un sábado a la mañana mientras desayunábamos, mi pequeña me contó que su amiga se iba.
“¿Qué voy a hacer el año que viene?”, me preguntó.
“Vas a tener amigas nuevas”, le dije intentando disimular la angustia.
Cuando empezaron las clases, ya no estaba. Pero con el tiempo aparecieron otras nenas, que habían estado siempre ahí, a las que ella no había visto.
“Prueba superada”, me dijo un buen día la maestra.
Vienen con sus propias armas para los avatares de la vida. ¿Lo sabían? Tienen una simpleza para aceptar las cosas, que a nosotros nos vendría tan bien.
Nos necesitan para que los apoyemos, para que les demos un empujoncito con lo que se les hace cuesta arriba, pero al instante arrancan solos.
Una más de las tantas cosas que tenemos para aprender de ellos.
(¿Qué cosas sienten que pueden aprender de sus hijos?)





