27 de junio de 2011

"SOLITA Y SOLA"


                                                                                                 Florian

El día que me enteré que la mejor amiga de mi hija menor se cambiaba de escuela llegué a mi casa con un nudo en la garganta, pensando de qué manera se lo iba a decir.

Era su mejor amiga desde salita de dos. Era la “hermana” que eligió mientras crecían.

“La maestra ya no sabe qué hacer para que dejen de hablar” me decía su mamá entre risas. Y qué importaba, si estaban juntas para soportar algún reto, si se cuidaban todo el tiempo.

A los cinco  ya planeaban cómo iba a ser la casa dónde iban a vivir cuando terminaran la escuela.

Mi marido me aconsejaba calma. Intuía que ella se lo tomaría mejor que yo.

Y así fue… Un sábado a la mañana mientras desayunábamos, mi pequeña me contó que su amiga se iba.

“¿Qué voy a hacer el año que viene?”, me preguntó.
“Vas a tener amigas nuevas”, le dije intentando disimular la angustia.

Cuando empezaron las clases,  ya no estaba. Pero con el tiempo aparecieron otras nenas, que habían estado siempre ahí, a las que ella no había visto.

“Prueba superada”, me dijo un buen día la maestra.

Vienen con sus propias armas para los avatares de la vida. ¿Lo sabían? Tienen una simpleza para aceptar las cosas, que a nosotros nos vendría tan bien.

Nos necesitan para que los apoyemos, para que les demos un empujoncito con lo que se les hace cuesta arriba, pero al instante arrancan solos.

Una más de las tantas cosas que tenemos para aprender de ellos.

(¿Qué cosas sienten que pueden aprender de sus hijos?)

22 de junio de 2011

"CENSURADORA"

                                                                                                                                     Julia Grigorieva

“Yo me voy  a armar mi propia escarapela”, me dice mi hija menor mientras revuelve en una caja, en busca de canutillos celestes y blancos. 
“No, dejá”, la paro en seco.  “Llevá la que usás siempre”, me escucho respondiéndole.

Y claro, son las nueve de la noche de un día martes…

Todavía falta bañarse, cenar, cepillarse los dientes, y son demasiadas cosas que me hubiera gustado ya tener concretadas a esta altura.

Qué manera de cortarle de raíz la creatividad, me recrimino en un instante pequeñísimo de lucidez.

Me encanta que dibujen, que pinten, que recorten y peguen.

Me encanta que jueguen, que se disfracen, que fantaseen.

Me encanta verlas inventando cosas…

Pero más me encanta, que todo eso lo desarrollen en horarios “normales”.

En  qué madre censuradora y poco amiga de la espontaneidad me convierte el cansancio…

¿Y ustedes…?  ¿En qué tipo de madre se convierten cuando están cansadas?

17 de junio de 2011

"SUPERABUELO"

                                                                                                                                   Clarice Bean


Él las lleva, las trae, las cuida.
Él las llama, las busca, las acompaña.
Él las extraña, las escucha, las malcría.
Él las defiende, las entretiene, las admira.
Él les festeja todo.
Él les muestra cuadros  e intenta que aprendan un poco de arte.
Él soportó estoicamente llevarlas al “Museo de los niños” un domingo, en hora pico.
Él las lleva a andar a caballo, y a darle de comer a los patos de Palermo.
Él se duerme siestas larguísimas y se despierta con la casa dada vuelta.
Él les prepara los mejores fideos del mundo con salsa de soja y les da caramelos de miel   hasta que les duele la panza.
Él les regala témperas y plasticolas de colores, desoyendo mis ruegos.
Él les hace dibujos y les inventa celulares de cartón.
Él  juega a la maestra con ellas, y siempre hace de profesor de música que toca el piano.
Él  juega a la lucha y accidentalmente les dobla un dedo.
Él se interpone entre nuestras peleas (siempre a favor de ellas).
Él es mi papá, el abuelo de mis hijas.
El que me sorprende día a día.
El que superó mis expectativas, si es que alguna vez las tuve.
Él es un SUPERABUELO.  Así… en mayúsculas. Y ya iba siendo hora de que se lo dijera.



(¿Cómo son los abuelos de sus hijos? ¿Tienen ganas de contar?...)


13 de junio de 2011

"JUEGO DE MANOS"...

   
                                                                                                                                 Silvina Troicovich

… juego de villanos, dice el refrán. Y  ya de grande me di cuenta que no siempre es tan así. Como tampoco es cierto eso de que "al que madruga Dios lo ayuda", o que "a caballo regalado no se le miran los dientes". Yo se los miro y si no me gusta como los tiene, lo cambio por otro.

Mientras los hijos de mi amiga juegan a la lucha en el piso, ella me aclara que ése es el modo que tienen de estar en contacto, de demostrarse que se quieren. Sin ir más lejos, el padre tiene el mismo código con ellos, y su manera de saludarlos cuando llega  es con un pequeño golpe seco en la nuca que es muy bien recibido por parte de los chicos.

Las mías tal vez por ser mujeres son un poco más suaves entre ellas. Depende de cómo se despierten pueden andar a los abrazos y los besos todo el día. Pero también utilizan las manos para pegar, empujar y tirarse de la ropa y el pelo cuando se pelean por algo.

Yo me recuerdo pellizcando de lo lindo los cachetes de mi hermano, mientras intentaba disimularlo con cara de nena buena.

Sí, ya sé… el refrán se refiere a otra cosa. Podríamos entonces asumir que cuando lo que los une son lazos de sangre, es mejor decir: “Juego de manos, juego de hermanos”.

(¿Y por casa cómo andamos...? ¿Sus hijos son de pegarse habitualmente? ¿Qué recuerdos tienen de chicas? ¿Eran de pelear con sus hermanos?)



6 de junio de 2011

"QUERIDO DIARIO"

                                                                                                                                    Magda


Los tuve de todos los tamaños y colores. A veces uno me alcanzaba para un año entero, y otras, necesitaba tres para contar las cosas que me estaban pasando.

Con el tiempo los reemplacé por agendas, donde escribía día por día los acontecimientos importantes.
Retomé la escritura de un diario  ya embarazada de mi primera hija... 

Para ella, para que de grande pudiera leer todos los pensamientos y emociones que transitaban por mi cabeza y mi cuerpo mientras  estaba dentro mío.
“20 de febrero de 2001. Ayer se develó el misterio… sos una nena. Sé que vas a ser la más linda del mundo. Ya decidimos que nombre ponerte. Espero que te guste. A mí me pareció el más dulce que existe”.

Y con la segunda no pude. Se lo debo. 
Criar una bebé y tener otra en camino me resultó demasiado, se ve. 

A ella le debo el contarle la forma en que su hermana se dormía abrazada a mi panza. 

A ella le debo el contarle que su papá se emocionó mientras me hacían la ecografía, cuando supo que era otra nena. 

Que su nacimiento fue una de las experiencias más maravillosas de mi vida. 
Lo sabe… pero se lo debo así, por escrito, día por día.

Las experiencias fuertes perduran,  pero con el tiempo nos vamos olvidando de los detalles, y eso es lo que tienen de valioso los diarios. 
Rescatan la esencia de los recuerdos, nos refrescan la memoria, nos trasladan en el tiempo  y nos ponen frente a frente con la persona que fuimos en algún momento de nuestra vida.

“18 de octubre de 1982. Querido Diario: hoy Paula me contó en el recreo que le gusta Hernán Valdéz. Me preguntó si a mí me gustaba y le dije que no. Es mentira. A mí también me gusta pero no se lo quiero decir a nadie.”

(¿Escribieron diarios cuando eran chicas? ¿Y de más grandes? ¿Conservan alguno?)


1 de junio de 2011

"DÍAS FELICES"

                                                                                                                                               Denise Verly

Un día como hoy, pero de hace diez años, me convertí en mamá.

Sí, ya sé que una se va transformando en madre desde antes…

Los nueve meses, aunque no son suficientes, nos van dando una pequeña idea de lo que se viene. Nos van mostrando lentamente, el mundo que pasaremos a habitar.

Pero la realidad es que el "título" llega cuando comienzan esos primeros dolores, y entre la alegría y el susto agarramos el bolsito que descansa desde hace un tiempo a mano, por si acaso… Y corremos a la clínica con una ansiedad desconocida.

Y entonces nos preparamos a pujar y a poner en práctica todo aquello que nos enseñaron en el bendito curso de pre-parto (yo no pude, sufrí de amnesia temporal). 

Y por fin sale… y la vemos, y a pesar de que no es ni remotamente parecida a como  la imaginábamos (es más linda, infinitamente más linda) sentimos que la conocemos desde siempre.

Y se la llevan, y es ahí donde comprendemos por primera vez en la vida, que va a ser muy difícil vivir lejos de esa persona. Que unas pocas horas sin verla se convierten en siglos. Que no queremos que nadie la toque, ni le haga nada que pueda molestarla. 

Y sólo recién cuando volvemos a sentirla contra nuestro pecho, todo parece volver a la normalidad.

Normalidad… como si eso pudiera volver a ser posible.

Cada vez que mis hijas cumplen años, inevitablemente vuelvo a trasladarme a esos días tan felices, en que nacieron. 

Y me traslado acompañada  por mi marido… Juntos les contamos una y mil veces detalles de aquellos momentos en que nuestra vida dio un giro de 180º y nunca más volvimos a ser los mismos.

¡Feliz cumpleaños a mi chiquita más grande!... que ya tiene 10.

(Y ustedes… ¿Son de rememorar el momento del nacimiento cuando sus hijos cumplen años?)

© madre in argentina
MAIRA G. + ESTUDIO BULUBÚ