Siempre me tocó toparme con alguna mamá que se destacaba del resto.
Que llamaba la atención por diferente. Que no opinaba igual que las demás…
Era esa madre a quien las contracciones no le dolieron en absoluto, apenas una molestia pasajera…
Era esa madre que cuando casi al borde del llanto le contábamos que no dormíamos o dormíamos muy poco, que ya no sabíamos ni cómo nos llamábamos, del cansancio que teníamos, ella nos miraba muy incrédula y nos contaba que su bebé dormía diez horas seguidas, así… de un tirón.
Es la misma que a la semana de completar la adaptación en el jardín, nos preguntó: “¿Todavía vos acá?”. Y se vanagloriaba de lo independiente que era su hijo, que ni “chau” se dio vuelta a decirle, el primer día que cruzó la puerta de la escuela…
Es esa, que frente a nuestra preocupación constante por lo difícil que se nos hace que coman frutas y verduras, en lugar de tanta pasta y postrecito, ella se ríe divertida del asunto. Su hijo no prueba ni un caramelo, come todo natural y en los cumpleaños hasta pide agua, porque no le gustan las gaseosas…
¿Ya se cruzaron en algún momento con alguna mamá así?
Yo, sí. En estos diez años me topé con más de una. En la escuela, en el pediatra, en algún cumpleaños…
Están ahí para intranquilizarnos, deprimirnos, mortificarnos.
Tienen un don especial… el de hacernos sentir las peores madres del mundo.
Qué mochila tan pesada se cargaron al hombro, pienso... Y yo, sigo eligiendo ir por la vida livianita de equipaje.
(Y ustedes... ¿Conocen o conocieron alguna mamá así?




